Un tema algo controversial es el de la reasignación de sexo. En este proceso, un adulto(a) pasa a través de una cirugía de reasignación de sexo (área de corte y confección) y una terapia de reemplazo hormonal para que las características sexuales secundarias (voz, vello facial,  gusto por las boybands, etc.) puedan ajustarse al sexo deseado. Aunque Bruce Jenner puso de moda el asunto hace meses, poca gente se sienta a pensar “Hey: si hay una reasignación, tiene que haber sucedido una asignación primero”. Este es el proceso por el cual un cigoto no diferenciado procede a gestarse como hembra o como macho. Es un campo investigado en la embriología de diversas especies y, aunque la política haga espinoso su avance, al menos podría ayudarnos a combatir la malaria, o al menos eso predicen Elzbieta Krzywinska y sus colaboradores del Reino Unido en su artículo A maleness gene in the malaria mosquito Anopheles gambiae que Science publicó el 1 de julio de este año.

No se trata de mutilar pacientes y hacer malabares con sus hormonas, sino de un detallito clave: en Anopheles gambiae, el mosquito responsable del servicio de taxi para el parásito Plasmodium causante de la enfermedad, solamente las hembras succionan sangre. Si podemos alterar el sexo de los embriones de mosquito en lagos y estanques, tendremos sólo Anopheles extremadamente varoniles que se limitarán a la muy masculina actividad de polinizar flores en lugar de recurrir a la hematofagia. Aquí es donde entra en escena el llamado factor M. Este es el gen que guía el desarrollo de un embrión hacia un fenotipo masculino, ya que la mayoría de especies tienen el sexo femenino como por defecto. Este factor se encuentra en el cromosoma Y de ciertas especies, para que sólo los machos (de cromosomas XY) y no las hembras (de cromosomas XX) puedan terminar como machos. Nuestro amigo el mosquito también posee este sistema XY/XX, por lo que hallar el factor M fue el punto de partida para nuestros héroes (a.k.a. los investigadores).

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Existen diferentes mecanismos propuestos para la acción del factor M. La que nos interesa funciona más o menos así: existe un gen llamado doublesex (dsx, usando cursivas para referirnos a un gen) que es como el gerente de una fábrica—el organismo—equipada para producir o lápiz labial o máquinas de afeitar. Dependiendo de cómo se exprese la proteína codificada por dsx (la DSX, usando mayúsculas y sin cursivas cuando hablamos de proteínas), toda la planta de ensamblaje sabe qué producto fabricar. El factor M haría las veces de mensajero enviado por la junta directiva de la compañía para comunicar a dsx cuál de los dos productos fabricar: si viene el mensajero M, el gerente dsx  sabe que la junta quiere rasuradoras y no lipsticks, de forma que DSX adquiere conformación masculina.

Krzywinska notó que existe un gen llamado Yob, un candidato muy apropiado para ser el misterioso factor M por 3 motivos: (1) sólo se expresa en machos y está siempre en el mismo lugar del cromosoma Y, (2) se expresa a tan sólo 2 horas de haber sido depositados los huevos y su actividad es vitalicia y (3) su expresión precede a la de dsx (el gen que se manifiesta gritado “¡Somos una hembra!” o “¡Somos un macho!”) por hasta 6 horas. Con esto en mente, Krzywinska y su equipo procedieron a inocular in vitro copias de Yob en líneas celulares femeninas de A. gambiae y, oh maravilla, DSX comenzó a perder su forma y a adquirir carácter masculino. Acordemente, las células empezaron a comportarse como células macho, aunque su genética y sus cromosomas sexuales seguían siendo XX. Fue, en toda regla, un cambio de sexo.

Lamentablemente, los experimentos in vivo tuvieron resultados inesperados. Al añadir transcriptos de Yob a embriones de ambos sexos que aún no comenzaban a diferenciarse fenotípicamente, sólo sobrevivían los machos. En las especies de sistema XY/XX, tanto machos como hembras necesitan activar un cromosoma X para funcionar. Para ello, existe la compensación de dosis: un conjunto de mecanismos que tiene como fin ecualizar la expresión de genes en ambos sexos para, como su nombre lo indica, compensar la diferencia en el número de cromosomas X. En humanos, la compensación se da silenciando un X en las hembras. En cambio, la compensación en Anopheles sobreactiva el X en los machos para que trabaje doble turno. Yob es responsable de esta sobreactivación, así que su efecto en embriones femeninos equivale a tener, no dos, sino cuatro X. Esto vendría a significar demasiados chefs en la cocina y, así como un restaurante así no funciona, un embrión así no sobrevive. Complementariamente, Krzywinska encontró que desactivar el gen Yob en embriones macho no genera hembras estériles, sino que induce la muerte por insuficiente actividad de cromosoma X.

Aunque no sirva para alterar el sexo de los individuos, Yob igual altera la proporción machos:hembras al eliminar a las señoritas de la población. Por lo tanto, nuestros héroes estiman que podría servir como control poblacional para reducir el número de hembras y por consiguiente el de infecciones sin recurrir a pesticidas nocivos que afecten a otras especies. Asimismo, como las hembras de numerosas especies son las que transmiten los males desde el dengue hasta el Zika, la significancia de proyectos semejantes podría ser trascendental. Los controles de plagas especie-específicos ahora se presentan como la respuesta a las plegarias de doctores y ambientalistas por igual; parece ser que lo único que falta es estrenar un reality titulado Keeping Up with the Mosquitoes para recaudar fondos. Es decir, le fue bien a uno protagonizado por parásitos chupasangre antes, ¿no?

Aquí pueden ver otro control especie-específico (pero está en inglich).