¿El fin de la utopía tecnocrática?

El 2017 se fue con un gran sinsabor político. Este año mostró el fracaso del modelo tecnocrático con el que quería gobernar PPK. El presidente sobrevivió la crisis, pero a un coste alto para el país. En el 2017 se dio cuenta de que el Estado no se podía manejar como una empresa, y que la población, nosotros, no somos piezas de ajedrez con las cuales se puede jugar. El indulto, mal manejado, fue la gota que derramó el vaso. Así, empezamos el 2018 pensando más en la política, en vez del Mundial en Rusia (?). Se vienen tiempos complicados, pero es importante sacar lecciones de lo vivido hasta hoy.

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¿Dumbledore sabe?

Tengo que empezar reconociendo que yo creía en el modelo tecnocrático. Recuerdo, cuando empecé a estudiar la carrera de Economía, que decía que si trabajaba en el sector público, quería ser un “tecnócrata”. Pensaba que, con un trabajo meramente técnico y académico, era posible encontrar todas las soluciones a los problemas que afrontaba el país. Error. Es importante que la experiencia de este año y medio de PPK nos muestre algunas lecciones sobre la importancia del diálogo, el hacer política, y el mantener siempre la honestidad y los compromisos. Se puede tener años de experiencia en el mundo financiero, y rodearte de un equipo de reconocidos profesionales, pero ello no garantiza el éxito.

En un país, a diferencia de una empresa, las consecuencias de las decisiones no se ven en utilidades, sino en la dignidad y calidad de vida de las personas. Y no hay una única manera de mejorar la vida de los peruanos. Lo que se haga en el sector público, más allá de los números y la popularidad de la autoridad, tienen repercusiones sobre las personas y su modo de vivir. Por más estadísticas que se revisen, desde un escritorio es difícil entender todo lo que pasa. Tampoco se trata de gobernar de acuerdo a lo que piense la mayoría –así se han justificado algunas de las mayores injusticias de la historia– sino de tener la valentía para tomar decisiones difíciles, pensando siempre en los principios que las justifican y los compromisos realizados. Finalmente la historia juzgará ello.

PPK la tenía difícil, pero estaba bien advertido. Sin embargo, pecó de autosuficiente, quería agradar a todos, y no se comía ningún pleito… Repitiendo el ejemplo: en una empresa uno se puede rodear de gente que piense igual a uno y despedir a aquellos que se conviertan en un estorbo, pero claramente el Ejecutivo no puede hacer esto con el Legislativo. Las advertencias venían desde diferentes lados al observar la actitud de la Bankada mayoritaria, y los riesgos sobre la institucionalidad. Que quede claro que hacer política no significa mentir o hacer negociaciones bajo la mesa, sino que implica aceptar posturas distintas y construir en equipo, cerca a la población. En simple, se tiene que cambiar de chip para romper la autosuficiencia, algo que el Gobierno de turno todavía no entiende. Ello, acompañado de una deficiente estrategia de comunicación, generó la crisis y el descontento.

Pretender gobernar rodeado de “gente como uno”, perteneciente a una élite académica y empresarial tiene grandes riesgos, tal cual se ha observado. Por supuesto que se necesita profesionales exitosos dispuestos a servir al país, pero ello no basta. Un poco más de humildad es necesaria. Resulta incluso paradójico que hoy día le esté costando a PPK atraer a cuadros importante para trabajar juntos (se hubiese esperado de otro presidente, pero no de él). Al respecto, recordemos este texto de Alberto Vergara, escrito hace un par de años:

Cada quien ha creído que su propia tecnocracia era la buena y la que sabía “de verdad” lo que el país requería. Lo creyó Velasco y sus militares leídos, y también lo creyeron Fujimori y sus Bolaños. Pero, como demuestra la experiencia, estos proyectos desligados de la sociedad y encabezados por lúcidos tecnócratas, llegado el momento se desvanecen pues carecen de legitimidad popular.

¿La historia se repite?

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