Arlette Contreras es una de las más reconocidas representantes de la lucha contra la violencia a la mujer, pero eso no impidió que Adriano Pozo salga completamente libre. ¿Qué es lo que no estamos viendo?

5a79ab2c04ebeCuando una activista premiada internacionalmente pierde uno de los casos emblemas de violencia de género en el Perú es que las cosas no solo no avanzan sino que parecen retroceder. Si pensábamos que la carga acumulada por los tantos crímenes y abusos de los que fuimos testigos durante el último trimestre del 2017 había llegado a su tope, esta se asentó con más fuerza desde el mismo primero de enero. Lo más terrible sucedió hace unas semanas, con Jimenita.

Con retroceso no me refiero a que los casos aumenten. Es evidente que, por más escandalosos y difíciles de creer sean, lo que se ha producido es la expansión del acceso a mecanismos de difusión que, al fin y al cabo, constituyen una forma de mejora: el poder de las redes sociales y, consecuentemente, la digitalización y agilización de muchos procesos antes tediosos (sí, como una simple denuncia oficial) han permitido que más mujeres cuenten sus historias y, al menos, se identifiquen a los criminales. Incluso testigos son capaces de ejercer ahora cierto poder en contra de la impunidad. Las denuncias se hacen virtualmente virales y, a pesar de la indiferencia y la corrupción extendidas en las instituciones policiales, jurídicas y, nunca olvidar, las legislativas, al menos parecemos obtener una “justicia popular”.

Pero los casos continúan y nos da la impresión que el siguiente siempre es peor que el anterior. Surge nuevamente el típico debate sobre la pena de muerte a los violadores y el respaldo a medidas que poco tienen de racionales o beneficiosas. Así, solo sumamos más tensiones a esa carga de violencia que parece ser constitutiva de nuestro país. Las denuncias virtuales no son suficientes; posts que llegan a tener miles de likes y frases de apoyo, pero que son incapaces de influenciar nuestra realidad material. Una de las últimas pruebas es el quórum que la semana pasada logró conseguir la reunión de la comisión de Justicia del Congreso que discutiría proyectos de ley contra la violencia de género.

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La indiferencia y la corrupción solo son consecuencias de problemas históricos más grandes. A nuestro legado colonial hay que sumarle el eterno reclamo por la educación. Pero aquí volvemos a caer en el otro eterno mecanismo del “comodín”: así como usar la palabra “mestizo” involucra evitar aludir o reconocer las multiplicidades que constituyen tanto nuestro origen individual como social, y las prácticas discriminatorias que vienen como consecuencia de esta negación, así también repetimos que la raíz del problema y donde se hallará la solución es en el abstracto tema de la educación.

Transeúntes, usuarios de Facebook y Twitter, congresistas y diferentes representantes y autoridades del país, todos parecemos tener la seguridad de que ese es el punto de partida y que todas las medidas contra los mayores problemas que nos aquejan deben estar avocadas a ese eje. Pero no se hace nada. La abstracción del comodín es entonces una forma de evitar asumir responsabilidades concretas. Es por eso que poco se escucha de leyes o campañas concretas. Es por eso que diez de los dieciséis congresistas no tienen reparo en faltar a debates que permitan actuar de manera efectiva y real.

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A la educación hay que entenderla como una especie de sistema o estructura rizomática, es decir, como una que no tiene una raíz de la que se desprenden elementos (en este caso, problemas), sino que cualquier elemento puede afectar o incidir en cualquier otro, un conjunto de fenómenos sociales y culturales que se van constituyendo y agrupando de manera diferente entre sí. No hay centro ni punto de partida, todos los comienzos son posibles y válidos. Una educación contra la violencia a la mujer puede practicarse y enseñarse en el casa, en el colegio, en el paradero de la esquina, en la universidad y en el centro de trabajo.

Asimismo, un rizoma rechaza las estructuras jerárquicas, donde hay unos elementos superiores y otros inferiores. Una educación contra los acosos y las violaciones sexuales debe también ser rizomática en este sentido: más que enseñar que un género no es superior al otro, hay que cambiar la forma como concebimos cómo debe ser un hombre y cómo una mujer. “Empoderar a la mujer” es una frase que parece ya cansar porque no es suficiente. No basta con ver  “empoderar” por un lado y “querer matar” por el otro. Ante la divulgación de tantos abusos y nuestra posición como testigos de todos ellos, se hace necesario hoy más que nunca reformular lo que se entiende por masculinidad y, en consecuencia, abrir nuestras concepciones a nuevas masculinidades.

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A una amiga muy querida la intentaron violar hace unas semanas. No fue una sorpresa que el hecho quedara impune y el agresor sea liberado pocas horas después. Su denuncia también se hizo viral, pero ese hombre sigue en las calles. Sigamos marchando y creando iniciativas como #PerúPaísdeVioladores, pero en esta realidad de la que todos somos parte, hay que ir más al fondo. Es necesario curar heridas, reclamar justicia, pero más importante aún es deshacernos de estructuras abstractas o tan rigurosas que no dejan actuar concretamente. Empoderemos, pero también miremos a otros lados.