Según la Encuesta Nacional sobre Relaciones Sociales – ENARES 2015, 3 de cada 4 niños entre 9 y 11 años fue víctima alguna vez en su vida de violencia física o psicológica por parte de las personas con las que vive. En @Voz Actual, te traemos tres cartas de niños víctimas de abusos hacia sus padres sobre momentos en los que no debieron sacarse la correa.

Uno: Pedro, 9 años, San Juan de Miraflores

niño

Estabas en la vereda de la casa tomando unas cervezas con tus amigos después de la pichanga de los domingos. Dos días antes, Javier, un amigo del colegio me había dicho que su papá le había dado propina. Recuerdo haberle preguntado: ¿Cómo lo lograste? Es fácil, me dijo, tienes que pedirle plata cuando esté borracho. Los borrachos siempre dan plata. Eran las dos de la tarde, muy temprano aún, así que esperé pacientemente hasta las cinco y media. Bajé corriendo, te sorprendió verme ahí, hubo un silencio y con una sonrisa te pedí cincuenta céntimos para comprarme un caramelo que venía con un regalo de sorpresa. Lo recuerdo claramente. Sonreíste, tus amigos se rieron. El niño es hábil, dijeron. Tú también sonreíste, hábil como su padre, dijiste, te llevaste la mano al bolsillo, abriste la sencillera que tanto te gustaba usar y me diste un sol. Cómprate dos, me sugeriste. Fui corriendo a la tienda y los compré. La sorpresa que me había tocado no estuvo tan buena como me la hubiese imaginado. Me disponía a abrir el segundo, cuando pensé que una mejor idea era dártelo a ti. No lo abrí. Esperé toda la noche. Subiste a las nueve, y cuando iba a darte un beso y tu sorpresa, te sacaste la correa, me diste tres correazos y finalmente me dijiste: “Que sea la última vez que me pides plata delante de mis amigos”. Luego de eso cerraste la puerta y te fuiste a dormir. Nunca supe, ni tú tampoco, cuál era la sorpresa que te había tocado.

Dos: Gabriel, 10 años, Miraflores

penal

Un domingo te levantaste con ganas de enseñarme a jugar fútbol. Lo tuyo siempre había sido el tenis, pero, por una razón que todavía no entiendo, me llevaste un día hasta el complejo y me dijiste que pateara el balón. Fue decepcionante. Nunca había jugado tan mal. No te preocupes, me dijiste, con el tiempo irás mejorando. Pero yo no quería mejorar con el tiempo, quería mejorar ahora. Por ese motivo, invité un día a Miguel a jugar a mi casa para que me enseñara a patear penales. Quería estar listo para el siguiente domingo, para no decepcionarte, para que te divirtieras conmigo y para que se haga una costumbre que tanto tú como yo disfrutáramos. Un momento especial entre los dos. Pero hay cosas que están destinadas a no ser: ese día, Miguel me enseñó la técnica correcta para patear penales: Colocas la pelota, retrocedes dos pasos hacia atrás y uno a la izquierda y te pones la mano en la cintura, miras la pelota, miras al arquero, miras el lugar donde quieres patear y luego miras el otro lado, esto es para confundirlo, y vas a ver que tus penales serán inatajables, me dijo. Si quieres hacemos la prueba, tapo yo, dijo Miguel. Me puse las manos a la cintura y pateé el penal. Golazo. Aunque con un vidrio roto del vecino. Saliste de la casa y  me dijiste que pasara. Papá, papá, ya sé patear penales, te dije. Y a mí qué me importa me contestaste, mientras te desabrochabas la correa y te la sacabas, muy rápido. En ese momento recuerdo haberme preguntado por qué te demorabas tanto en la mañana en ponértela y, al contrario, eras capaz de sacártela tan rápido. Debería ser al revés, así, de repente, tendrías opción de arrepentirte. Pero ese no fue el día. 4 correazos. Nunca más quise patear penales.

Tres: David, 11 años, Pueblo Libre

trombon

En el colegio, en época de fiestas patrias hay dos opciones: o marchas o vas a la banda de música. Yo elegí lo segundo. Marchar me resultaba muy aburrido y cansado, así que pensé que una mejor idea era aprender un instrumento. Elegí el trombón, porque una vez me enseñaste un DVD de Alberto Barros con un tributo a la salsa colombiana y pensé que de grande me gustaría ser como él. Así que un día, luego de convencer al director de la banda por más de dos horas, conseguí que me preste el trombón. Lo llevé a la casa, puse una silla y la partitura sobre una mesita, y comencé a ensayar. Era mi primera semana con el instrumento y la verdad es que sonaba espantoso. Además, los ejercicios para lograr sacar un sonido decente eran monótonos y tediosos. Estuviste sentado toda la tarde, en la que no dijiste nada. Yo estaba muy feliz, pensé que me imaginabas como un gran trombonista o que quizás te gustaría ser mi manager cuando sea famoso. Pero no fue así. De hecho, en lo único que estabas pensando era en que me calle. A eso de las 8 de la noche no te aguantaste más y me dijiste: “¿Ya estuvo bueno, no? Piensa en los vecinos. ¿Y si tienen hijos pequeños y si no pueden dormir?” En ese momento me detuve y bajé la cabeza. Tenía ganas de disculparme, de pedirte perdón por no haber pensado en eso. Pero la verdad es que yo sólo pensaba en ser famoso. Qué egoísta fui. Pero no te dije nada de eso, te dije que no me importaban los vecinos, que yo quería seguir practicando. ¿Cómo?, me dijiste, y antes de que pudieras terminar la pregunta ya te habías parado y media correa estaba afuera. Te vas para tu cuarto, me dijiste. Y me pegaste, de espaldas, con mi trombón en la mano, un solo correazo, fuerte y seco. Debo admitir que me dolió más la vergüenza que la fuerza con la que me lo diste. No volví a llevar el instrumento a la casa. No hay que molestar a los vecinos.