Carmen sube las escaleras, hace su cola, mira su celular y se cuida de llevar la tarjeta de ingreso en la mano. Felizmente, está recargada e incluso le sobra pasaje para el próximo viaje, que se hará quién sabe cuándo, pero hay que estar preparados. No le falta nada, solo queda esperar a que llegue el tren. Elige el lugar más cómodo, el vagón con menos gente, el menos apretadito. Estando adentro puede notar la ambigüedad de los muchachos que la observan, el exhaustivo análisis corporal que hacen de sí misma para comprobar si merece o no el asiento. Por fin se lo dan. Ahora solo cabe fijar un lugar en su mirada: decidir dónde colocar el ojo, si arriba, al medio o abajo. Por supuesto, dormir siempre es mejor.
Estaba a punto de dormir cuando escucho una voz indistinguible. Se preocupó un poco y persiguió el eco de la voz. No venía de lejos, bastaba con girar las pupilas y recostar la cabeza para verlo. Era un señor asustadizo, estaba pensando en voz alta con las noticias de su celular. Lo dijo de nuevo: ese gringo está loco. Ella asintió un poco forzada, pero el sujeto parecía tener razón. Quería intentar dormir de nuevo, faltaba mucho para llegar al final de su viaje. Pestañaba, pestañaba y pestañaba. Ya no podía, menos con la insistencia del señor por mantenerla informada de los detalles de cada movimiento que podía realizar ese gringo loco, y sobre todo lo que eso significaba para la humanidad. El señor bajó y ella cerró los ojos.
Escucha pronto la voz de una señorita anunciado su destino: próxima parada Villa el Salvador. Y se emociona de que está cerca de casa, de que podrá descansar los pies, que ya le duelen de tanto caminar. Ya en ese momento su mirada se encuentra liberada, ya no hay mucha gente, ya se puede caminar por los vagones. Se pone su abrigo, porque afuera hace frío. Se puede ver desde la ventana las pistas mojadas, las pequeñas lagunas que causan grandes inconvenientes a las motos, carros y transeúntes. En esas condiciones, no se puede caminar. Lamenta entonces lo que le espera cuando baje del tren, pero cuando se iba preparando anímicamente para enfrentar la calle tuvo un recuerdo incluso más lamentable

Recordó un olvido, un olvido trágico. Es la ropa, que se quedó ahí arriba, en el tendedero. Sabe lo que va a suceder: la ropa, que lavó hace poco, no va a secar. Se molesta, fustiga contra las barandas de la escalera y se pica en voz alta, apresurando el paso e ignorando lo resbaloso que está el piso. No se cae, imposible caerse ya con tantos años de experiencia resistiendo el mismo suelo. Ahora maldice la lluvia, la gotera, la calamina, el gobierno. Todo le sabe amargo, mejor que ni le hablen, piensa. Su deseo no se puede hacer realidad: todo habla, todos le hablan. Ovalo chama, mami, uno; llévese una mano de plátano, caserita, nos volvimos locos, el plátano de King Kong.
Pudo esquivar los cuerpos apiñados bajando de la estación, no sin coquetear con los olores de las freidurías, de los chicharrones, de los higaditos, de las cachangas y las hamburguesas. Todo huele tan rico, pensó. En sus adentros sabe que ya no está para esos trotes, que un estómago más joven puede quizás permitirse tales privilegios gastronómicos. El olor de la comida le hizo perder de vista el cansancio de sus pies, los golpes de la lluvia y la preocupación por la ropa mojada, a pesar de que no habría de probar ningún solo bocado. Saluda a su casera, le dice que le disculpe, que por esta vez no, anda empachada y tiene que recoger la ropa que tendió en la tarde lo más rápido posible.
En otras circunstancias hubiera ido a pie, a pesar de la lluvia. Le gusta caminar, observar lo que ve a su paso, entrar a una tienda, entretenerse ahí tocando las ofertas, los artefactos para escritorios, salas de estar o cocina. Ahora tenía que tomar una moto, analizar su fachada, ver si tiene placa y estudiar sigilosamente a quién conduce. Negocia el pasaje, le dice aquí nomás y la moto taxista accede. Ahí, en la moto, mira su ciudad, su humedad, su lluvia, sus lágrimas chorreando por las veredas, las sombrillas de los ambulantes y las casas de sus vecinos. La moto es un respiro. Aquí no tiene que hablar con nadie, así que puede calmar su molestia con el clima.
Llega a casa, se pone sandalias, pone el agua a hervir y baja la ropa. Valió la pena rezarle a Dios, la ropa puede secar para mañana, aunque hay que sacudirla bastante y pasarle plancha. El invierno golpeó así sorpresivamente, casi sin avisar. La estación, los vagones y el metro no han cambiado mucho, pero con la llegada del frío y las garúas se hace especialmente sensible la tensión tácita de la ciudad, de su pavimento, de su espacio, de su suelo, como si una mínima modificación climática desnudará la agitada coreografía de una rutina plástica, deslizante, ruda. La estación entonces funciona como un mundo paralelo, imponiendo en todos un solo ritmo, que se deshace al salir de sus andenes.



