Carmen Ollé es una de las narradoras peruanas más interesantes de nuestro tiempo. Hace algunos años publicó una obra titulada Amores líquidos (2019), una composición formada por un microrrelato y dos novelas breves. Las historias que entretejen el libro están repletas de personajes inquietantes, huéspedes de una ciudad que se presenta inasible, espesa, fantasmagórica. En este lugar espectral, tan espeluznante como sorprendente, los protagonistas vierten sus fantasías, se entregan a ellas disimuladamente. Una de estas fantasías acaparó mi atención: la de una profesora universitaria, que sueña con poseer apasionadamente al chofer de la casa en la que vive.
No es frecuente observar una pareja conformada por una profesora y un chofer privado, sobre todo si este chofer se halla muy distante del ambiente universitario. Hay una clara barrera de clase que genera un abismo entre ambas ocupaciones. En todo caso, es mucho más corriente ver a una profesora abrazada con un profesor, o con alguien de similar condición profesional. Sin embargo, la protagonista de la novela desea genuinamente al chofer de Ernestina, la dueña de la casa donde alquila una habitación. La trayectoria popular, tradicional y grotesca del chofer le fascina y le parece mucho más interesante que la de cualquier galán universitario con hábitos “delicados”, como la de escribir y recitar poesía.
Entonces, al leer la novela, es inevitable extrañarse por las preferencias y elecciones de la profesora, por cierto, profesora de literatura. De dónde proviene su deseo, por qué el chofer le parece tan especial, si no comparten ninguna afinidad. Una de las trabajadoras de la casa se hace la misma pregunta que nosotros, aunque con un tono impositivo: “¿Cómo la profesora va a fijarse en un chofer?” Ese es, precisamente, el misterio de la novela. Si uno lo piensa detenidamente, el misterio parte de un presupuesto sociológico bastante sólido y problemático: el amor y el deseo tienen barreras de clase. La intimidad de pareja, lejos de ser libre, se halla condicionada por las posiciones sociales.
Por esa razón el vínculo del chofer con la profesora causa tanto desconcierto entre su entorno, como que nadie se lo cree, ni siquiera los amigos de ella, quienes piensan que se trata de uno de sus juegos literarios. Es evidente que el chofer y la profesora no van a gozar de los lujos típicos de un romance orientado al consumo (viajes, cenas exclusivas y detalles costosos), y de hecho están confinados a la clandestinidad (parques, moteles escondidos y encuentros secretos). Entonces la razón del vínculo no se explica por la “ganancia”, por algún motivo económico. Pierden más de lo que ganan. Para descubrir el misterio, no hay que preguntar por lo que tiene el otro, sino por lo que uno busca en el otro.


Podemos hallar algunas pistas en la novela sobre lo que busca la profesora en el chofer, pistas que se encuentran desperdigadas en las reflexiones de nuestra protagonista, algunas más visibles que otras. Ella es marcadamente independiente, vive sola y, como afirma en cierto momento, nadie le regala ni un sol. Desde este lugar, justifica su deseo de meterse con quien le dé la gana. Es, finalmente, su vida. Una vez metida en la relación con el chofer, comienza a enfermarse de pasión: ansiedad por verlo, desesperación ante su ausencia y celos de su exmujer. Pronto descubrimos entonces lo que ansía de esta relación: ser amada de un modo en que no lo había sido jamás anteriormente
El chofer la ama en un sentido bastante preciso: la quiere solo para él. Si alguien la toca, se acabó. No existen los grises: las cosas son blancas o negras. Las demandas amorosas y “rústicas” del chofer poco a poco se van haciendo más densas, cubriendo un gran radio de acción de la profesora, razón por la cual esta siente que se está movimiento al interior de un círculo estrecho, como si le estuvieran quitando la voluntad, es decir, su capacidad y poder de decisión. Para una personalidad tan instruida en las relaciones modernas, aquellas en las que los roles de pareja se van negociando constantemente, esta regresión a un vínculo de pareja tradicional, donde existen papeles asignados per se, no deja de sorprenderla..
Lo que le sorprende es lo bien que lo pasa dentro de ella. Estar así, ser así: un cuerpo entregado a la suerte de otra voluntad. No es una rendición pasiva; es un acto, una demanda erótica. Es una forma de anular el yo, de perder la identidad. Ese es el gran misterio: ¿cómo es posible gozar del cautiverio? ¿Qué tiene que suceder para que alguien quiera extirpar su voluntad? Es un “dramón”. Y es un drama que está lejos de ser exclusivamente ficcional. No es difícil encontrar otros casos espectaculares en la vida real, lo que revela un síntoma de la sociedad en la que vivimos. En una sociedad en la que el yo se ha vuelto un problema, un problema sin solución, es lógico pensar en su pérdida, en su renuncia, al menos momentánea.
No voy a negar, sin embargo, que sería genial y súper interesante leer la misma historia desde los ojos de nuestro chofer. ¿Qué podría cambiar? ¿Qué otras ideas se podrían descubrir?









