La felicidad es un término muy común al cual no se le dedica suficiente reflexión en la actualidad. Sin establecer un significado común, pretendemos entender a qué se refiere cada uno al hablar de “felicidad”, o tal vez, los comprendemos desde nuestra definición personal. Ante una idea tan abstracta y cambiante, debemos regresar a estudiar sus comienzos si queremos entender la pluralidad de significados que representa hoy. Y finalmente, reflexionar si la ideología de la “búsqueda de la felicidad”, una máxima de las sociedades del siglo XXI, se aplica nuestra a filosofía personal.

Convivimos con muchas perspectivas sobre la felicidad

Los primeros acercamientos históricos a la felicidad se encuentran en la antigua Grecia. Entre ellos, Demócrito definió a la felicidad como un “estado de mente”, similar a nuestro concepto actual de alegría. Ya que para Demócrito la finalidad de la ética era la ataraxia, o tranquilidad del ánimo, no aspiraba a sucumbir a las pasiones del alma como la felicidad o la desdicha. Lo interesante, es que Demócrito sí propone que la felicidad, como estado de mente, implica una perspectiva subjetiva y personal de su definición (Gaardner, 2017).

En La República, Platón desarrolló la idea a profundidad y formuló que la felicidad provenía de la búsqueda del placer y, especialmente, de la virtud (vivir de acuerdo a la moral). Naturalmente, la filosofía hedonista, que postula que la búsqueda de placer es el único bien inherente, aceptó la hipótesis platónica. (Platón, 2018).

Pero sin lugar a dudas, fue Aristóteles quien profundizó este concepto. Al preguntarse sobre el propósito de la existencia humana, razonó que el norte de su vida debía ser un objetivo final, no algo que se desea para algo más. Ya que el placer es la motivación de los animales y el ser humano se distingue por su capacidad de razón, el placer solo no puede resultar en la felicidad. En lo que sí concordaba con Platón, es que la virtud es un requerimiento para la felicidad (Aristóteles, 2013).

Ejercicio con virtud

Aristóteles entonces propone que el bien supremo del hombre es la eudaimonía, o máxima virtud, que consiste en el ejercicio con virtud de cada actividad propia de la vida. Ya que la vida se compone de muchos ámbitos, existen muchos tipos de bien; cada uno relacionado a una virtud distinta. A partir de la experiencia con el mundo, uno desarrolla mayores grados de virtud en sus actividades (Aristóteles, 2013).

Un mundo virtuoso

Más adelante, en la Edad Media, los filósofos cristianos estaban de acuerdo en que la virtud es esencial para la felicidad, pero no es suficiente, ya que depende del plan divino. Esto se sustentaba bajo la noción de que cualquier felicidad que puede alcanzarse en la vida terrenal es imperfecta al lado de la felicidad eterna que promete el Cielo. Por ello, más allá de los logros terrenales, para la felicidad cristiana, prima la manera como uno preserva la santidad de sus valores (Lenoir & Brown, 2015).

Con la Iluminación, nacen posturas más seculares como el utilitarismo, para el cual no existía una distinción clara entre placer y felicidad, por lo que la felicidad se comprendía como la maximización del placer y la reducción del dolor (Gaardner, 2017).

Luego surge Nietzsche, quien afirma que aspirar a una vida pacífica y sin preocupaciones es un anhelo mediocre para aquellos que no buscan un significado mayor. Nietzsche propone que mucho de lo que llamamos felicidad es realmente “dicha”, que significa estar bien gracias a la buena suerte, aunque esta es una condición efímera. Él denominó la dicha “estado ideal de la pereza”, y contrapone a la felicidad como una fuerza vital que lucha por superar las adversidades y crear maneras originales de ser (Nietzsche, 2017). Hoy en día, pensamos que tenemos el derecho de perseguir la felicidad. En parte, se debe a la declaración estadounidense de la independencia que propone “la búsqueda de la felicidad” como un derecho humano fundamental. Esto, acompañado de un éxito repentino de la nación, popularizó la noción al mundo occidental actual, ya que muchos individuos motivados por su autorrealización hicieron maravillas para una economía de libre mercado (Lenoir & Brown, 2015).

La búsqueda interior de la felicidad

Si luego de realizar este recorrido aún nos preguntamos ¿qué es la felicidad?, recordemos que su significado se sigue transformando. Más que entenderlo como un hecho, me gustaría recordar que nuestra mayor capacidad como seres humanos es poder contar historias y luego creerlas. Entre ellas, la narrativa de la felicidad ha sido un best-seller por siglos que ha continuado expandiéndose hasta que hoy cada uno tiene su versión personal. No caigamos en la trampa del lenguaje y al hablar de felicidad, aspiremos a tener claro su significado.

Edición: Paolo Pró

REFERENCIAS:

  • Arte: Pierre-Auguste Renoir (1841-1919)
    • El almuerzo de los remeros (1881)
    • Baile en el Moulin de la Galette (1876)
    • Rochers de Guernesey avec personnages (1883)
    • Dos niñas al piano (1892)
    • En la terraza (1881)